Dios nos da la libertad de creer o no creer. Esta libertad es lo que nos permite ser seres morales y decidir nuestro destino eterno.
Dios nos ha dado suficiente capacidad y evidencia para conocerlo y aceptarlo, pero también ha dejado la suficiente ambigüedad para que aquellos que no quieran creer no se sientan obligados a hacerlo.
Si Dios se revelara directamente en toda su grandeza, su presencia sería tan abrumadora que eliminaría cualquier posibilidad de elegir libremente.
Él desea que lo amemos, pero el amor debe ser dado libremente, no por obligación. Y ese es el propósito de la vida: tomar esa elección.